Todos los naufragios, la novela que me reconcilió con las sagas familiares

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Todos los naufragios, la novela que me reconcilió con las sagas familiares

Durante la adolescencia desarrollé una pasión lectora por las sagas familiares. Mis hábitos de lectura siempre han estado bastante influidos por las temporadas de entusiasmo por un género, un autor o un tipo de novela, que hacen que devore uno tras otro el catálogo literario relacionado con ellos y al que tengo acceso. La de las sagas familiares fue una de las pasiones lectoras que posiblemente más me duró. Me acompañó hasta después de terminada la universidad, cuando quizás simplemente me saturé de tantas lecturas dramáticas sobre historias familiares entretejidas en el tiempo. En ese amplio período de años, cualquier libro que se vendiese apelando a lo de ‘saga familiar’ tenía ya medio camino ganado para convertirse en mi siguiente lectura.

Reflexionaba ahora sobre por qué me entusiasmaban aquellas historias de sagas familiares y de familias novelescas que se expanden generación tras generación. Para mi yo lectora, las buenas sagas familiares (que no todas lo son, claro está) lograban hacer un ejercicio de storytelling tan bueno que era imposible dejar de leerlas. Una buena saga familiar siempre logra atrapar la atención del lector, que necesita saber qué va a ocurrir luego y qué pasará con los personajes a los que sigue página tras página y tras página (no suelen ser novelas ligeritas en extensión) y que sabe que al final logrará un final satisfactorio (que no necesariamente tiene que ser un final feliz, sino uno a la altura de lo que le han narrado).

Para mi yo entonces aspirante a escritora, las sagas familiares (y si alguien me hubiese preguntado a los 15 años cómo me veía pasados los 30 hubiese dicho que escribiendo ese tipo de novelas) me resultaban fascinantes por otra razón. Me parecía increíble que las escritoras y escritores lograsen desenrollar la madeja de sus historias y que no se acabasen perdiendo en todas aquellas vueltas de trama.

Por supuesto, mi lectura intensiva de sagas familiares me permite ahora, a tiempo pasado, establecer ciertos parámetros de lo que son las líneas maestras del género. Los personajes entran en sus compartimentos estanco de lo que se necesita para hacer avanzar la trama. Siempre hay una hija que se queda atrapada en las líneas familiares y no puede desarrollar su vida (quizás hasta que es demasiado tarde), algunas relaciones interpersonales tirantes (una saga familiar necesita un drama), unos cuantos secretos de familia o unos cuantos amores prohibidos. Igualmente es deseable un toque de lucha de clases. La línea familiar acomodada contra la línea familiar pobre es casi un clásico dentro de este tipo de historias.

Y es importante señalar que no apunto hacia la existencia de estos arquetipos de manera crítica, en absoluto. Son las convenciones del género, simplemente, como cuando se lee una novela de detectives se espera un crimen, a un detective atribulado y que le resuelvan todo el misterio en las últimas páginas.

Sobre toda esta relación con las sagas familiares y sus convenciones pensaba mientras leía Todos los naufragios, de Laura Castañón (una de las novedades de verano de Destino), una novela coral sobre dos familias y cómo se interrelacionan en la Asturias de las primeras décadas del siglo XX. Y sí, reconozco que cuando leí la sinopsis de la historia me invadió una absoluta pereza que hizo que me apeteciese muy poco leerla (y sí, quienes escribimos sobre libros deberíamos confesar estas cosas, porque afectan mucho a cómo vemos las novedades que nos presentan).

Los protagonistas son dos niños que crecen juntos. Gregorio es el hijo de la familia rica del pueblo. Onel es el descendiente de quienes habían sido los criados de la casa familiar de Gregorio (aunque su padre vuelve de Cuba con una situación económica acomodada que cambia las estructuras de poder). La historia los sigue durante tres décadas, período en el que también aparece en la historia una maestra, Flora, que chocará con el pueblo y sus tradiciones (pero por la que no, no se creará el gran conflicto sentimental entre ellos).

Toda la historia se desarrolla a lo largo de 600 páginas que asumí rápidamente que culminarían con la Guerra Civil (y mi cerebro me dijo ‘¡no, nos hagas leer otro dramón sobre la Guerra Civil cuando deberíamos estar de vacaciones de verano!’). Sinceramente pensé que no acabaría escribiendo sobre este libro porque pensé que no lograría leerlo.

Pero lo hice.

Me senté en un momento con un café y decidí echarle un vistazo antes de apilarlo en la abrumadora pila de libros por leer que se ha enquistado en mi mesa del salón. Abrí la novela y leí la primera página, luego la segunda y así hasta que tuve que recordarme que tenía muchas cosas todavía por hacer.

Todos los naufragios prácticamente comienza con un homenaje a una de las sagas familiares más emblemáticas de las últimas décadas, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Su protagonista no está frente al pelotón de fusilamiento y no recuerda la primera vez que vio el hielo pero sí reconoce que no olvidará nunca el momento en el que a los cinco años su padre lo llevó a ver el cine, también un eterno recuerdo de infancia relacionado con el primer contacto con la vida moderna y que marca simbólicamente el futuro de los personajes.

Castañón sigue su historia alternando puntos de vista, personajes y posiciones dentro de la historia (aunque en un orden cronológico) que permiten así ir creando el microcosmos que es Nozaleda, un rincón rural en las inmediaciones de Gijón, y sus habitantes, que se acabará cruzando con la vida en la propia Gijón en los modernos años 20 y 30. Posiblemente ese sea uno de los grandes aciertos de la novela, que permite así construir la historia a muchos más niveles y de forma mucho más diversa. Otro de los grandes aciertos está en el plano más bien formal de su construcción. La novela avanza encadenando capítulos breves, haciendo que la narración se vuelva mucho más dinámica (y también modernizando el formato de la saga familiar).

Mientras leía era casi como cuando te sientas en ese sofá bien mullido que lleva mucho tiempo en tu casa o como cuando te pones una prenda de ropa cómoda, que se ha adaptado ya bien a tu cuerpo. Era como si volviese a entrar en algo que conocía muy bien y que me hizo recordar además por qué disfrutaba leyendo aquel tipo de historias. Es la novela que ha hecho que piense en volver a leer un género que tanto había disfrutado.

Foto destacada, Asturias, por urti2009 (Pixabay)

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2019-07-03T07:53:50+00:00 03 / 07 / 2019|Librópatas|